San Cayetano, un pueblo de puertas abiertas cerca del mar

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San Cayetano, un pueblo de puertas abiertas cerca del mar

Por Jorge Dip (Corresponsal en San Cayetano)

Vivo en una ciudad de poco más de 8 mil habitantes que ostenta el honor de ser cabecera de Partido, lo que en el resto del país se llaman comunas. Haber nacido en este punto emplazado en el sudeste bonaerense es hacer docencia cuando te preguntan si es el mismo San Cayetano al que le rezan los fieles para pedir trabajo en Liniers. Enseguida nos armamos de paciencia y explicamos que estamos en la “pancita” de la provincia de Buenos Aires, que si bien vivimos tierra adentro tenemos un Balneario sobre el Mar Argentino que nos pertenece.

Aquí el viento sopla arrastando los susurros de las señoras que transitan las calles a media mañana, sin la prisa de las grandes urbes; de los pibes y pibas que asisten a las escuelas públicas con algunas “masitas”en los bolsillos, porque en estos páramos no comemos galletitas. Cuando los puesteros que quedan en las estancias dedicadas a la ganadería ya abrieron los molinos para que brote el agua y la hacienda se despabile, los empleados municipales ya se gastan algunas bromas en los lugares de trabajo con la promesa del mate de media mañana que será acompañado de algún budín casero o una cremona esponjosa que los emprendedores fabrican y llevan a domicilio.

Poco a poco se van poblando los talleres mecánicos, donde existen personajes pintorescos de asistencia perfecta que nutren la agenda semanal con los temas de rigor: lunes, fútbol; martes: carreras de autos; miércoles: política; jueves: el menú de la peña; viernes: chusmerío variado. Y siempre para abrir y cerrar las conversaciones un análisis exhaustivo de los pronósticos del tiempo, donde cada integrante de la charla tiene la verdad absoluta.

Conseguir una galleta de campo o un pan tibio es tan simple como el embutido que acompañará el manjar de cada mesa, sea casero o de una carnicería especialista en una morcilla dulce, un chorizo seco, una panceta con la proporción ideal de tocino.

Dentro de los placeres sibaritas que nos damos, sobre todo los domingos, están las cautivantes pastas de la fábrica que se luce con ravioles, sorrentinos y tallarines varios, que se compran “para quedar bien” con los parientes de la zona y los estudiantes universitarios suelen llevarse como el tesoro de un pirata para mitigar la nostalgia del pueblo.

Nos enorgullece tener tres molinos harineros, porque nuestro escudo lleva el lema “la tierra del buen trigo”, y estas empresas dan fe que se obtienen harinas de excelente calidad que parten hacia remotas panaderías del país para convertirse en productos nobles en manos de los expertos en el oficio.

Vivimos rodeados de campo, de extensa llanura, con algunas ondulaciones y espejos de agua que le dan a la pesca un fuerte sentido de identidad. Con ejemplares de pejerreyes obtenidos en las numerosoas lagunas que crecen de tamaño en los relatos en veterinarias o agronomías de acuerdo a la cantidad de aficionados al deporte que estén prensentes. Por eso nos preocupa si va a llover, si hace tiempo que “no cae una gota”, porque estamos pendientes de los rindes del trigo, el girasol, la cebada, la soja o el maíz, que son promesa crónica de bienestar porque según dicen en las conversaciones de la fila de los dos bancos estatales: “si al campo le va bien, nos va bien a todos”.

La fe, ese misterio que anida en el corazón de los hombres y mujeres que depositan su esperanza en algo que los moviliza y escapa del raciocinio, tiene en nuestra ciudad como protagonista a San Cayetano, del cual muchos niños y niñas oyeron hablar en el catecismo católico. Es el Santo Patrono y muchos vecinos se acercan a la Parroquia a pedir o agradecer el trabajo y la paz en su familia, Cada 7 de agosto se le suman quienes, a pesar de no ser tan practicantes, tienen motivos de sobra para participar de una procesión por las avenidas Hernán Apezteguía, que luego toma el nombre de Independencia, arribar frente a la Plaza América a oír misa y llevarse la bendición de los panes. Como Dios no pide patente ni credencial, los fieles y los no tanto, resisten el frío del invierno, miran con respeto la estatua y la reliquia (un trozo del hábito de Cayetano) y en lo más profundo de su corazón rezan por quienes no tienen laburo y dan gracias por los que pueden arrimar a su mesa el pan con dignidad.

Tenemos una fuerte presencia de colectividades como la española, italiana, árabe y danesa, que se notan los apellidos cuando nos toman lista en los colegios o los clubes, que nos han dejado una huella imborrable en los sabores y costumbres. Recientemente se le han sumado corrientes migratorias americanas como bolivianos, paraguayos y venezolanos, más comerciantes chinos, que se van incorporando a la ciudad como lo hicieron los anteriores.

Contamos con localidades a los que el tren les había otorgado un rol fundamental en la cadena productiva y hoy resisten a desaparecer: Ochandio, Defferrari y Cristiano Muerto, donde la educación rural ha sido el sostén para que no se esfumen. Y el Balneario San Cayetano que desde hace 50 años es nuestra joya turística, donde las playas son infinitas, las arenas rudas y el sol encuentra el cobijo perfecto para aparecer y desaparecer dejando en las pupilas de los visitantes una visión del Paraíso.

Aquí estamos, en este lugar donde el paisaje es rural, costero, de llanuras y cultivos generosos, de gente que entre mate o un vino que riega un cordero o una parrillada, te hace sentir que naciste sancayetanense. Cuesta un poco pronunciar nuestro gentilicio, pero una vez que pudiste hacerlo, te sentirás espiga acariciado por una brisa de pampa húmeda y querrás volver a escuchar las historias del ferrocarril, de amores de verano en la playa, de los manjares que proveen los campos o las mentiras piadosas de los pescadores.

 

Por | 2019-12-20T19:58:06+00:00 diciembre 20th, 2019|HISTORIAS, PUEBLOS|1 Comentario

One Comment

  1. Javier Jorge Agel diciembre 21, 2019 at 1:51 am - Reply

    El orgullo y la felicidad de ser sancayetanense se multiplicaron a partir de que mis conciudadanos tomaron conciencia de adonde querían llegar y dejar un legado a las generaciones futuras. Hoy mi pueblo es orgullo nacional. Felicitaciones a todos los que pusieron su granito de arena.

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