La Chiquita, la playa solitaria en el portal de la Patagonia

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La Chiquita, la playa solitaria en el portal de la Patagonia

Texto: Leandro Vesco / Fotos: Ricardo Pristupluk / Fuente: La Nación

Para llegar a La Chiquita, una aldea marítima al sur de la provincia de Buenos Aires, de apenas cuatro habitantes estables, sostenida por médanos vivos que amenaza con devorar las pocas casas que se le animan a la soledad, hay que cruzar salitrales, campos secos, caminos polvorientos donde es común ver a avestruces, zorros, garzas brujas y caranchos. La desolación es total. Las aguas del río Colorado riegan a través de canales estas tierras secas y salitrosas. El camino hasta llegar al mar se extiende 70 kilómetros, el viaje es cansador, los caminos están en buen estado, pero sin la ayuda de un baqueano, las chances de alcanzar al pequeño poblado disminuyen. “Para conocer el paraíso, primero hay que conocer el polvo”, dice Alcides Stach, uno de los pioneros en construir allí una casa.

“Es una gran responsabilidad encender y apagar la luz de todo un pueblo”, cuenta Raúl Stip, de 54 años, empleado municipal, quien tiene el trabajo de dar y quitarla todos los días. También es el encargado de potabilizar el agua que llega desde un molino a 9 kilómetros. La Chiquita no tiene servicio de electricidad, el último poste queda a 24 km. Las pocas casas, no más de 20 que forman esta localidad mínima, se abastecen por energía solar, la mayoría por generador. “Tenemos ocho focos en el pueblo, son a balastro, queremos cambiarlos a Led”, afirma Raúl. Vive con su esposa, Marcela García, de 51 años en una casita prefabricada rodeada de flores que cuida con esmero. “El problema está ahí”, otea y fija su mirada en el cordón de médanos que está a pocos metros de la casa. “Están vivos, avanzan”, afirma.

La Chiquita está en kilómetro 780 de la ruta nacional 3, la columna vertebral de asfalto que une la Patagonia con el norte del país, se halla en el Partido de Villarino. Nació por el deseo de un grupo de soñadores, vecinos de las localidades de Hilario Ascasubi y Mayor Buratovich, con Jorge Etchecopar a la cabeza, de poder tener una salida al mar. “Querían verlo y disfrutarlo”, acota Alcides. En 1980 comenzaron las gestiones con el dueño de una estancia cuyas tierras incluían a la futura aldea marítima. El arreglo fue que el estanciero cedía 129 hectáreas de costa con la condición de que este camino que se abría, tenía que estar alambrado, y que en el futuro pueblo, debían forestar y ofrecer servicios. “Tuvieron que vender leña para poder comprar alambre”, cuenta Carina Rabanedo, esposa de Andrés, también pionera. Fue una odisea, la de cortar camino en esa tierra curtida y dura. “Tardaron dos años en llegar al mar”, afirma.

En 1995, uno de los que sentía el llamado de las olas, Oscar González, dio el primer pasó: construyó la primera casa. Si hoy es un lugar agreste, en aquellos años él y su alma debieron domar los médanos y la incansable presencia del viento. “Durante muchos años, él fue el único habitante”, afirma Alcides. Pasaron los años, y La Chiquita no ha cambiado mucho. La Sociedad de Fomento, quien fue la responsable de llevar adelante el camino, hoy continúa siendo quien se encarga de los proyectos para mejorar la calidad de vida de una villa –así es como la llaman- que está en formación. “Lo que más necesitamos es la luz”, resume Carina. “El gobierno de María Eugenia Vidal se había interesado en el proyecto de poner un parque solar, ahora no sabemos qué va a pasar”, se resigna.

“Somos los protectores de la playa”, afirma Raúl. Las ocho lámparas del pueblo dependen del trabajo de él. Se encienden a las 20 hs y a las 24 se apagan. Luego, las estrellas son la luz que iluminan las huellas. El generador, una vieja máquina que está dentro de una casilla, se cuida como oro. “Solamente yo lo toco”, aclara. Gasta casi tres litros de gas oil por hora. Cada quince días el delegado municipal de Hilario Ascasubi (La Chiquita depende de esta localidad) le trae combustible.

La pareja vive al lado del camping, que se formó en los primeros años para poder darles a los visitantes un lugar donde pernoctar. “Yo acá no tengo horarios”, cuenta Raúl. Además de ser quien prende el generador también es el encargado de la planta potabilizadora. “Hago agua potable”, expresa con orgullo. Recién en 2013 llegó la planta. En La Chiquita las casas tienen agua de red clorada, para buscar potable, tienen que ir hasta la planta y llenar bidones.

“Dependemos del viento”, aclara Raúl al referirse al molino que abastece de agua. “La cuidamos como si fuera un tesoro”, afirma, “a todos los que vienen al camping, les decimos, es una ducha por día”, sostiene. Primero llena un tanque de 50.000 litros, para tener como resera y luego envía a la red agua clorada, que no es para consumo humano, pero si sirve para la higiene y la cocina.

“La vida acá es impagable, tener el mar tan cerca, ver cómo cambia de color, terminas teniendo una relación familiar”, confiesa Marcela. Una vez por semana van para Hilario Ascasubi para buscar provisiones. “Acá tenemos hurones, liebres, zorros, peludos y víboras”, enumera la fauna que convive con los pocos pobladores. “A veces vienen cazadores, hacemos lo posible para que no maten a las perdices coloradas. En el camping prohíbo gomeras y aires comprimidos”, destaca Raúl. Muchas veces vienen niños de las escuelas del campo, el Distrito de Villarino es uno de los más grandes de la provincia. “Muchos niños nunca han visto el mar, se enloquecen cuando lo ven”, cuenta Marcela. “Recuerdo uno, que me dijo asombrado: tanta agua junta!”, recuerda emocionada.

Durante el día las actividades se centran en el mantenimiento del generador, la planta potabilizadora y regar las plantas. Los tamariscos tratan de detener los médanos vivos, pero no son suficientes. Marcela ha logrado hacer un jardín encantador. Tiene salicornias y gasañas, muy coloridas. Dentro de su casa existe un elemento tan importante como el agua: el único teléfono fijo de La Chiquita, y de muchos kilómetros a la redonda. “Nos llaman para ver cómo está el camino, y el clima”, cuenta Raúl. El camino para llegar se vuelve inestable cuando llueve. Tienen además una pequeña central meteorológica, que les provee de datos imprescindibles para los pescadores que se embarcan. “Siempre me hago tiempo para caminar por la orilla del mar, te carga energía”, se sincera Marcela. En el pequeño poblado no hay señal telefónica. Hace poco en el camping comenzaron a recibir internet por medio de una antena de Arsat, es una señal libre que tiene cien metros de alcance.

Vivir en un lugar tan agreste supone condicionamientos. Raúl y Marcela, tienen una pantalla solar que les permite tener y almacenar electricidad, pero la heladera es a gas. Cada diez días deben buscar una garrafa, tiene un costo de $400. Los cuatro habitantes estables se ven todos los días, uno de ellos, Alejandro Egea, es discapacitado y tiene una proveeduría abierta durante todo el año, también ofrece un servicio de pesca embarcada en una embarcación modificada, luego está Claudio Manzi quien también se embarca y da hospedaje. Los pescadores son personas de una naturaleza solitaria, durante los fines de semana, se acercan hasta estas costas.

La Chiquita tiene 20 kilómetros de playa, solitaria, sin presencia humana. “En la Luna, tiene que haber más pisadas de hombres que acá”, advierte Carina. “Los atardeceres parecen salidos de un sueño”, agrega Alcides, ellos tienen dos casas, una alquilan, la otra la usan para disfrutar de este paraíso desolado. “Hace unos días llegó un pingüino Emperador mientras caminábamos por la playa”, cuenta, ambos forman parte de la Comisión de Fomento, tienen dos sueños: poder frenar a los médanos, y tener luz eléctrica. “Ahora el sol nos la provee, pero la inversión inicial es inmensa, pusimos cuatro paneles fotovoltaicos que nos demandaron $80.000”, asegura Alcides, aunque defiende su decisión: “Tenemos la playa más solitaria de la provincia para nosotros”.

Cuando cae el sol en este confín inexplorado bonaerense, una luz se ve al norte, es el solitario faro Rincón, en la isla Verde, allí tres torreros conviven con sus sombras. En La Chiquita, el rugido de las olas es abrumador, la marea cambia y con ella, baja la temperatura. Raúl, sale de su casa y a paso lento se dirige a la casilla donde descansa el generador. Es el dueño de la luz. A las 20 hs. en punto lo enciende, la máquina lo obedece pero primero tose, gotea algo de aceite, vibra y lanza algunas explosiones. “Acá disfrutamos cuando se apaga el motor, sentís que podes agarrar las estrellas con las manos”, concluye Marcela.

Por | 2019-11-29T13:41:12+00:00 noviembre 29th, 2019|ACTUALIDAD, TURISMO RURAL|0 Comentario

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