Una luz en el sur, la última pulpería de la provincia de Buenos Aires

//Una luz en el sur, la última pulpería de la provincia de Buenos Aires

Una luz en el sur, la última pulpería de la provincia de Buenos Aires

Por Leandro Vesco / Fotos: Ricardo Pristupluk

Es más fácil ir a la Luna, que a la última pulpería de la provincia de Buenos Aires. Es tierra seca, árida. Si existe un lugar alejado y olvidado por la mirada de los dioses de la pampa, este es el lugar. Las referencias hasta hacen perder a los baqueanos. “Es raro, había que doblar acá, pero no está”, se asombra Adrian Andreoli, quien vivió toda su vida aquí. ¿Será un espejismo? Un viejo canal que lleva agua del cercano río Colorado presagia su aparición. Doblando por un camino arenoso, en medio de una arboleda –única isla de ramas y hojas en este desierto- un galpón y una vieja construcción de ladrillo visto, señala la mítica “Pulpería del Ruso”, aunque un cartel indique “Gasómetro”. Esta es la última pulpería de la provincia, lejos de todo, y cerca de la leyenda.

“Ya nadie sabe hacer asados”, afirma el Ruso Licarzi, de 73 años. Monumento a un tiempo que resiste a irse, la actualidad es una vidriera que pasa lejos aunque tiene sus consecuencias también en este aislado paraje. “Nadie quiere venir a trabajar al campo”, resume el Ruso. “Les das un caballo y no saben qué hacer, yo necesito un mensual, pero no quiere agarrar nadie”, sostiene. “Qué la Internet, que la señal, todos te piden muchas cosas”, cuenta.

La pulpería está en cercanías de Bellavista en el Partido de Villarino, cerca de las Estancias El Puma y El Sostén. “Acá el diablo perdió el poncho, y no lo encuentra”, resume para precisar la ubicación. Las referencias son escasas. El pueblo más cercano es Pedro Luro, desde allí serán 30 kilómetros que parecen mil. Es necesario pasar por la laguna la Petrona y seguir derecho hasta llegar a un alto y ver una visión de impactante belleza. La soledad es una compañía, ni siquiera se ven taperas, inmensas extensiones de tierras. Una escuela rural, pequeña delante de esta pampa seca, rodeada de árboles, sostiene un mapa al que muy pocos llegan. “Hay días que no ves pasar a nadie, pero a nadie”, dirá el Ruso, con una sonrisa contagiosa. Su humor no parece tener relación con el entorno.

“Acá no había nada, hubo que hacer caminos para que pasen las carretas, y los caballos, y se hicieron, pero era todo monte, eso sí que fue trabajo”, rememora el Ruso. La pulpería es un territorio ocupado por los solitarios, algo dejada, pero poco importa el orden, la contención de una cerveza fresca y de la charla es lo que se busca aquí. Un mostrador incluye una antigua máquina para cortar carne, años ha, se la vendía aquí. Una vieja heladera está empotrada en la pared, por todas partes se ven cajas de vino, cajones de cerveza y algunas de las provisiones que busca el paisano en estas soledades. Jabón, betún, papel higiénico, picadillo, yerba, galletitas y algún que otro fideo. Es claro que lo importante está en la heladera. Un fogón con leña de caldén quemada, recuerda un reciente asado. Dos mesas, unos porotos y un mazo de cartas. “Juegen!, el truco te da ganas de tomar”, afirma.

“Las cosas cambiaron con el gran incendio del 65, todos los bicharracos de La Pampa se vinieron para acá, pero también vino el puma”, el semblante del Ruso se modifica. El felino es el animal más temido. “El puma empezó a matar ovejas, pero también potrillos. No dejaba nada en pie. La hembra le enseña a cazar a sus crías, y en una noche te puede liquidar cinco ovejas. La carne de potro lo enloquece al puma”, asegura. “Con el puma también llegó el jabalí, que aprendió a cazar las ovejas y les gustó esa carne. Por eso era necesario los mensuales, para cuidar los potretos”, resume un poco la historia de la zona. Pocas cosas han cambiado, el puma sigue siendo el enemigo, y motivo para iniciar charla en la pulpería. “Hoy me dijeron que hay uno merodeando la zona, estamos todos alertas”, asegura.

El 17 de mayo de 1977 es el día en el que se abrió la pulpería. Costó domar estos pastos duros. “Entonces venía mucha gente, hoy, mis clientes son los bolivianos que trabajan en el campo. Les hago bailes en el galpón, llego a vender hasta 50 cajones de cerveza, ellos ponen su música, pero el boliviano hasta la 1 de la mañana es una cosa, después comienzan las peleas”, afirma. “Después los tenemos a los correntinos, muy mal llevados y todos cuchilleros”, acota.

La zona, alejada de caminos y de difícil acceso, fue usada por bandidos rurales. Se cuenta que el propio Bairoletto anduvo en estos caminos, escapando de la Ley. “Iban hasta el río, se ataban la ropa en la cabeza, lo pasaban y así los perros perdían el rastro y los caballos no podían seguir”, afirma el Ruso. “Antes había mucha pelea, el gaucho era peleador, pero ahora ya no pasa eso, para mí es el estudio, que amansa al hombre”,  reflexiona el pulpero. Hoy, aquellos reos ya no cruzan estos caminos, pero la desolación es la misma.

La pulpería da para todo. Atrás tiene una cancha de fútbol. El Ruso organiza torneos, antes, durante y después, jugadores y espectadores, pasan por el  mostrador. “No se me escapa nada, no me gusta estar solo”, confiesa. Vive con su esposa, Fresia. “Nunca me gustó el campo, pero las vueltas de la vida, me llevaron a conocerlo y acá estamos, pero cada tanto me voy a Buenos Aires para visitar a la familia”, confiesa. Nacida en Lanus, está en las antípodas de su casa natal.

El atardecer se impone. No ha pasado nadie en este rincón olvidado del mapa, hay tardes así. “Quizás más a la noche se acerque alguno para tomar algo”, se esperanza el Ruso. “El campo ya no es lo que era”, asume mientras ordena unos porotos de un tarrito en donde también caben las cartas. La última pulpería de la provincia es también la última luz en un interminable lienzo oscuro. La apacible brisa, fresca, peina los pastizales. Es bueno saber que en el fin del mapa existe una puerta abierta y un mostrador esperando.

 

 

Por | 2019-11-27T14:14:51+00:00 noviembre 27th, 2019|PORTADA|0 Comentario

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