Don Pedro Francisco, el último repartidor de leche en carro

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Don Pedro Francisco, el último repartidor de leche en carro

Texto: Lendro Vesco / Fotos: Ricardo Pristupluk

Pedro Francisco tiene 81 años, todos los días se levanta a las seis de la mañana para ordeñar sus tres vacas lecheras, a las que les habla mientras envasa esa leche aún tibia en bidones que acomoda en su carro, que él mismo fabricó y que llamó “Rancho Alegre”, como su quinta. A las 8 de la mañana recorre los tres kilómetros que lo separan de Hilario Ascasubi –sur de la provincia de Buenos Aires-, el pueblo más cercano donde tiene clientes de toda la vida. “Soy un hombre feliz, tengo una buena vida y puedo dar un alimento sano”, dirá en su recorrido que comparte con su caballo, que se llama “Dorado”. “Hace 17 años que andamos juntos, ya nos entendemos”, afirma mirando el horizonte árido del sur.

Al llegar al pueblo, los autos le tocan bocina y los perros lo siguen como si fuera una aparición de otro mundo. Niños en guardapolvos, mujeres haciendo las compras, lo saludan. Pedro no necesita decirle nada a “Dorado”, el caballo mismo se detiene en las casas de los clientes. Sabe dónde hacerlo. “No importa si no tenemos plata, él nos da leche igual”, dice María Esther Dunram, que le pide dos litros. Pedro la fracciona con  un embudo de metal y sigue viaje. “Soy el último repartidor de leche en carro de la provincia”, se autodefine con su voz pausada.

Hilario Ascasubi es un pueblo del Partido de Villarino, de 3400 habitantes a un costado de la ruta 3 (km 794), donde el desierto patagónico se presagia en una interminable llanura apenas interrumpida por árboles solitarios, donde es común ver avestruces y jabalíes. Son tierras secas que reciben agua del río Colorado a través de un sistema de canales. Pedro Francisco nació el 12 de agosto de 1937 en San German, un poco más al norte en el mapa, en el Distrito de Puan. Pronto se trasladó a Bahía Blanca, donde comenzó a trabajar a los 14 años repartiendo leche, aunque luego se pasó a la soda. “Antes era lo normal: ayudar de chicos a nuestros padres, era nuestro deber”, reafirma sus principios.

Fue sodero casi un lustro. “Siempre me gustó trabajar por mi cuenta, hacer mi propio recorrido”, sostiene. “Todo el mundo compraba soda, entonces, no podía faltar en la mesa”, sostiene. La hija de una clienta le llamó la atención. “Me gustaba, y le regalaba sifones, pero también la invitaba a salir, un día me dijo que sí, y hoy es mi esposa”, recuerda mientras la mira en su campo a su eterna compañera, Elena di Fiore de 75 años. Se casaron en 1959 y la unión tuvo frutos: 9 hijos, 36 nietos y 14 bisnietos. “Están todos bien, eso es lo que me dicen”, confirma Pedro.

La vida los llevó a comprar un pedazo de tierra en las afueras de Hilario Ascasubi, al campo lo llamó “Rancho Alegre”. “Sentí que acá estaba todo lo mejor: mi esposa y mis hijos”, cuenta Pedro. Los primeros años los dedicó a trabajar de medianero, es decir, sembrara un campo y las ganancias de la cosecha se repartían con el propietario de las tierras. Compró unas vacas lecheras y le cambiaron la vida. Desde 1967 comenzó con el reparto de leche en el mismo carro con el que hoy continúa haciéndolo. “Había como cinco repartidores,  pero cuando vinieron las máquinas, todo se acabó”, afirma al referirse a las ordeñadoras mecanizadas que tecnificaron a los tambos. “Me doy cuenta enseguida cuando no está ordeñada a mano, es pura agua”, asegura. Se quedó solo en su oficio y hoy es el único que ofrece leche natural, sin procesos químicos.

Rubén Spina es otro de los viejos repartidores de leche que hoy ya no trabajan. Tiene 81 años, igual que Pedro. Vive también en un campo a unos kilómetros de Ascasubi. “Antes de ir a la escuela, ordeñábamos y dejábamos los tarros de metal en la puerta del campo, tenía entonces 7 años”, recuerda. “Era muy temprano, pero en el descuido, me tomaba un sorbo de leche recién ordeñada, era mi premio”, rememora aquellos años en donde el trabajo incluía a todo el grupo familiar.

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“El secreto para que las vacan den buena leche, es el alimento”, enfatiza Pedro. Sus tres lecheras comen pasto, por lo general, alfalfa. Ascasubi es la tierra de la cebolla y el ajo, son los productos que movilizan su economía. Es común ver estos frutos en cada rincón de los campos. “Cuando comen alguna cebolla, ese día no podemos vender leche”, afirma.

Le leche recién ordeñada es muy diferente a las industrializadas. Es más espesa, mucho más blanca. “Es una leche gorda”, lo resume Pedro, “es ideal para hacer postres”, afirma. Todos los días ordeña hasta 25 litros. Cobra $30 el litro. También lleva huevos, para la yapa. Vende toda su producción, tiene clientes desde 1967. Hace 52 años que todos los días hace el mismo recorrido. A un trote muy lento, “Dorado” recorre todo el pueblo parando en casi todas las cuadras. Pedro espera que frene su trote, baja de su carro, se encuentra con su cliente, quien le dice cuántos litros quiere, recibe el pago y sigue viaje. En pocas palabras se hace la operación. Algunos le dejan una bolsa en la puerta, con el dinero, un mensaje en un papel con la cantidad de leche deseada y una botella. Pacientemente, Pedro lee, deja la leche, retira el dinero y envuelve todo nuevamente.

“Siempre me llamó la atención verlo pasar por el pueblo tan campante con su carro lechero y su caballo. Lo más llamativo también era que todo el mundo le alzaba la mano para saludarlo y nadie se sorprendía de verlo”, cuenta Noelia Sensini, referente de turismo rural, llegó a Ascasubi en el 2010. “A veces vemos sin mirar, naturalizamos mucho lo cotidiano y eso nos impide valorar las cosas lindas. Por eso considero que es importante mantener este patrimonio vivo que ya casi no existen en nuestro país”, agrega Noelia. “Pedro trasmiten sencillez y humildad, en un mundo donde todo está tan globalizado y todo es tan comercial, verlo pasar debería ser un ejemplo para la humanidad entera”, se esperanza.

Hilario Ascasubi tiene pocas calles de asfalto, las demás, de tierra, levantan algo de polvo con la llegada del carro de Pedro. “Esta leche llena, es un gran alimento y un litro rinde mucho”, cuenta María Condomí al recibirla, hoy desdocupada. “Acá todos nos criamos con esta leche, la tomaba mi abuelo, mi padre y ahora yo, además en el pueblo nos ayudamos a todos y consumimos productos locales”, resume otro de los clientes, Damian Haag. Alrededor de las diez de la mañana el recorrido entra en su tramo final. “Sabemos que Pedro hace un rato ordeñó las vacas, es una leche fresca, hace crecer a los niños, aleja las enfermedades, ninguna máquina pasó por esta leche, por eso le compramos”, afirman Margarita Ávila y Juan Tuliz.

“Dorado”, al fondo del pueblo da vuelta por una calle de tierra que bordea toda la localidad y regresa, a trote corto, sin exigirse. Pedro, con las riendas del carro en sus manos, sentado, vuelve a su “Rancho Alegre”. En el año 2014, la Municipalidad le dio un reconocimiento a su esfuerzo, una placa en donde la comunidad le reconoce su oficio de lechero.

“Hasta que el cuerpo diga basta, voy a seguir repartiendo. Me hace bien”, confiesa Pedro. Vive con su esposa y uno de sus hijos, Lisandro, que lo ayuda en las tareas. “Oye poco, pero está muy bien el viejo”, cuenta. A los 81 años, no tiene muchos secretos. “Como mucha carne”, agrega. Su recorrido termina antes del mediodía, y luego pasa toda la jornada haciendo tareas de la casa. Por la tarde, toma mate con Elena, aquella clienta que sedujo con sifones de soda, con la que hace 60 años está casado.

Fuente: La Nación

Por | 2019-11-27T18:46:31+00:00 noviembre 27th, 2019|ACTUALIDAD, SOCIEDAD|0 Comentario

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