El atardecer en Los Angeles

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El atardecer en Los Angeles

Uno viaja a Los Angeles para no poder olvidarlo jamás, el hechizo es simple –muy poderoso- y dura hasta regresar. Aislada entre la pampa y los médanos, es para la mirada sensible una reserva natural de senderos solitarios, atardeceres íntimos con toda la paleta de colores del cielo cayendo en el horizonte, historias increíbles, caminatas apacibles y hombres y mujeres que ofrecen su vida al mar y a mantener intacta esta pequeña aldea marina, donde las liebres saltan caprichosas entre las dunas, los pescadores artesanales negocian con las mareas y las vacas tienen la posibilidad de pastar mirando al mar. Es difícil llegar a Los Ángeles, el camino de tierra suele anegarse cuando hay lluvia. A 30 kilómetros de Necochea, el resplandor de esta ciudad balneario se divisa a la noche, sino fuera por esto, se podría asegurar que aquí se está en otro mundo.

Son 20 los habitantes estables que permanecen durante todo el año, el pueblo aún está en gestación. No hay calles, sólo senderos que siguen el dibujo de los médanos. A nadie le interesa que esto se desarrolle, conserva aún ese espíritu de que cada pequeña cosa que se haga es pionera. Protegida entre altos médanos, está la escuela Antártida Argentina, que agrega más aislación al entorno. Menos de diez alumnos asisten. Hay más liebres que seres humanos en Los Ángeles, van y vienen por las huellas, a veces perseguidas por los perros, acortan grandes distancias en pocos segundos. El mar, el inmenso y magno mar se oye a todo momento y es el centro de la vida y las charlas. Se nos dirá que todos los días el mar dice algo diferente, todos los días la marea traerá algo a la costa y que cuando las olas están cruzadas no se pueden navegar.

El Vasco Oscar Zapiain es uno de los primeros pobladores que llegaron a Los Ángeles cuando ni siquiera había huellas ni casas, con su padre se hicieron cargo de la pulpería que hoy es el punto de encuentro de los que viven aquí y aquellos que buscando el Médano Blanco (a unos kilómetros) se pierden por los caminos y buscan reparo en el techo y la amable atención de este hombre que ha hecho todo con sus propias manos. Su vida, ha abierto caminos, y levantado casas, y atiende todos los días la pulpería que huele a sal.

Por | 2019-05-30T12:07:08+00:00 mayo 29th, 2019|ACTUALIDAD, PORTADA|0 Comentario

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